jueves, 14 de agosto de 2014

COMPUTADORAS EN LAS ESCUELAS (Y NIÑOS PARA COMPARTIRLAS)



Más allá de su relación con el gobierno actual, uno de los logros más espectaculares (y creo que indisputables) es el de haber distribuido en forma gratuita a través del plan Conectar Igualdad casi ¡cinco millones de computadoras!
Habrá que revisar la definición de lo que significa ser alfabeto. Cuando yo era niño (y muy posiblemente cuando usted también), bastaba con saber leer y escribir para que uno estuviera en condiciones de integrarse a la vida laboral y tener acceso a un empleo digno. La historia argentina (y mundial) está plagada de historias de gente que firmaba poniendo el dedo o imprimiendo su huella dactilar. No conozco las cifras de analfabetismo que había 50 o 60 años atrás, pero no parece que hoy sea un problema acuciante en el país. Claro: eso dependerá –una vez más– de lo que decidamos que sea un piso de mínima como para que todo niño tenga las mismas posibilidades que tuve yo (y quizás usted también). El objetivo, obviamente, es analfabetismo cero.
Pero hoy, retomando lo que decía más arriba, no alcanza con saber leer y escribir. Por supuesto que es necesario, pero es claramente insuficiente. Si tuviera que improvisar un conjunto de necesidades mínimas para considerar que una persona es “letrada”, diría que es imprescindible que sepa otro idioma (además del castellano, inglés o chino, para que no quede todo reducido a lo que nos llega del país del norte), pero también, conocimientos sobre cómo programar. Es por eso que no me voy a cansar de proponer que en todas las escuelas públicas primarias y secundarias, así como es obligatorio estudiar matemática, lengua, historia y geografía, saber programar tiene que estar en la misma categoría.

Creo que sé lo que está pensando: ¿y quiénes van a enseñar a programar? Lo sé. Entiendo el problema y desde hace tiempo también que andamos a la búsqueda de soluciones, incluso como la que propuse hace un tiempo sobre la “Educación Horizontal” 1.

CADA VEZ MÁS ADOLESCENTES DEJAN LA ESCUELA POR EMBARAZO

 Madres y alumnas. Marisol, María José, Yamila, Sofía, Geraldine y Flavia en el aula: elogian a las dos “seños” que cuidan a sus hijos. /MAURICIO  NIEVAS
Flavia quedó embarazada a los 14. Como no se animaba a contarles a sus papás, la tarea quedó a cargo de su novio. De inmediato, los preparativos de la fiesta de 15 se suspendieron para disponer todo lo necesario para la llegada de Thiago Benjamín, que cumplió 2 años en febrero. El nacimiento fue una revolución familiar que implicó, entre otras cosas, que Flavia tuviera que abandonar la escuela.
La historia de Flavia es frecuente y excepcional a la vez. Por un lado, ella es una de las casi 120 mil chicas menores de 20 años que cada año dan a luz en la Argentina. En la última década, el número de nacimientos de madres adolescentes aumentó un 12%, y hoy representa el 16% del total de nacimientos, según datos del Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA) analizados en el Anuario 2014 del Observatorio de la Maternidad.
Ayer CIPPEC presentó un estudio referido a los jóvenes de la provincia de Buenos Aires que halló que el 75% de los “ni-ni” son mujeres que realizan tareas domésticas y de cuidado; el 41% de estas mujeres es madre. Además, mientras que en la región aumenta la edad promedio del primer embarazo, en la Argentina disminuye.
El caso de Flavia es inusual porque después de la deserción inicial, ella pudo volver a la escuela y ahora cursa 2° año en la Escuela Secundaria N° 2 de La Plata (ver Vencer al destino...). En contraste, las cifras indican que solo cuatro de cada diez adolescentes embarazadas logran seguir estudiando. Además, más de la mitad de las adolescentes que son madres ya habían abandonado la escuela al momento de quedar embarazadas.
“Si los hijos llegan, se hace más difícil continuar con los estudios, porque se incrementa la necesidad de trabajar para el mercado o para el hogar. A la inversa, cuando las mujeres y los hombres acceden y se mantienen en el ciclo escolar formal, los hijos nacen más tarde”, describe Carina Lupica, directora del Observatorio de la Maternidad. Lupica advierte que la relación entre escolaridad y abandono no es unidireccional: “El sentido del vínculo puede ser el inverso: la deserción puede ser previa y es probable que influya en la reproducción a edades tempranas”.
Mabel Bianco, presidenta de la Fundación para Estudio e Investigación de la Mujer (FEIM), agrega: “Las adolescentes madres, aunque quieren, difícilmente pueden seguir estudiando sin apoyo de la familia y del Estado.
Las ayudas del Estado son pocas y en general se limitan a darles dinero, como la Asignación Universal por Hijo, pero esto no les alcanza por ejemplo para pagar una guardería para el niño, ni a una persona para que lo cuide. La falta de salas maternales y salas de 3, 4 y 5 años para la educación infantil es una de las deudas del Estado con las madres adolescentes y sus familias”.
El mapa del embarazo adolescente se parece bastante al de la pobreza. En algunas provincias del Noreste los hijos de madres adolescentes representan más del 20% de los nacimientos, y alcanzan incluso el 25% en Chaco y Formosa. La maternidad y paternidad en la adolescencia es más común entre los jóvenes de sectores más pobres y con menor nivel educativo.
De acuerdo con los últimos datos del UNFPA, el 69% de los embarazos adolescentes son no planificados. Por eso, los expertos coinciden en que la educación sexual es imprescindible para abordar este tema. Ana Lía Kornblit, investigadora del Conicet y el Instituto Gino Germani, afirma: “Poder recibir en la escuela la información necesaria para prácticas de sexo más seguro, pero sobre todo habilitar vías de comunicación entre los adolescentes y los adultos, en este caso los docentes, y también con sus pares, es fundamental. Sobre todo teniendo en cuenta que todavía todo lo que se refiere a la sexualidad sigue siendo –especialmente en ciertos medios– un tema tabú”.