Se lanzó hoy con éxito al espacio el primer satélite geoestacionario Arsat-1. Se hizo por medio de un cohete francés, el Ariane-V, que es uno de los lanzadores que opera desde Guyana Francesa. El lanzamiento tuvo una demora por cuestiones meteorológicas, pero luego se produjo dentro de la ventana de tiempo que tenía asignado.
El cohete soltará al satélite a 250 kilómetros de la Tierra, desde donde deberá remontar hasta los 36 mil kilómetros en la posición orbital definitiva comandado desde la sala de operaciones satelitales, dentro de la estación terrena en la localidad bonaerense de Benavídez.
El satélite empezó a desarrollarse en 2010 por la empresa Argentina de Soluciones Satelitales S.A. (ARSAT), que pertenece al Estado argentino. En tanto, la empresa Invap, que es propiedad de la provincia de Río Negro, estuvo a cargo de la construcción según los requerimientos de ARSAT.
En la escuela de frontera Batalla de Chacabuco, de
Calingasta, San Juan, los docentes brindan los contenidos básicos a sus
24 alumnos porque no tienen recursos ni herramientas para más. Mientras
tanto, en la Escuela Hogar 245 de Villa Llanquín, ubicada a 40
kilómetros de Bariloche, se las ingenian como pueden para combatir la
incomunicación que les genera el no tener señal de celular ni telefonía
fija. La institución solo tiene antena de Internet satelital pero
limitada.
Es que estos problemas de infraestructura, ingresos,
ubicación geográfica y capacitación se replican en los diferentes
rincones del país, dejando en evidencia la fuerte brecha educativa que
todavía existe y que deja una huella imborrable en los destinos de los
jóvenes argentinos.
El artículo 84 de la Ley de Educación Nacional
sostiene que el Estado debe garantizar las condiciones materiales y
culturales para que todos los alumnos logren aprendizajes comunes de
buena calidad, independientemente de su origen social, radicación
geográfica, género o identidad cultural.
Sin embargo, la realidad
muestra que los desafíos a los que se enfrentan las escuelas son
dispares y generan injusticia social. De hecho, según el nuevo informe "El aprendizaje desigual" elaborado
por Educar 2050, el desempeño de los alumnos en las últimas pruebas
PISA del 2012, difieren considerablemente si se tienen en cuenta la
ubicación geográfica, el tipo de gestión pública o privada de la
escuela, si es urbana o rural, y el nivel socio-económico de los
alumnos.
Dados los cortes que utilizaron, los resultados no
deberían sorprender: las escuelas de ciudad de Buenos Aires, privadas y
urbanas y a las que van los chicos de mejores niveles socio-económicos
son las que tienen los mejores rendimientos académicos. "La primer
conclusión a la que llegamos es cuan diferente es el aprendizaje de un
alumno promedio en Ciudad de Buenos Aires del de sus pares en Cuyo,
Noroeste o Noreste. Es como si estuvieran viviendo en dos países
diferentes. En estas tres últimas regiones, más de la mitad de los
alumnos de 15 años están por debajo del nivel mínimo de aprendizaje en
matemática, ciencia y lectura. Si te fijás como mejoraron México, Chile,
Brasil o Perú en PISA desde el 2000, fue reduciendo el porcentaje de
alumnos que están por debajo de los niveles mínimos. Si queremos reducir
la desigualdad de aprendizaje en nuestro país, nosotros necesitamos
hacer lo mismo en las regiones más rezagadas", explica Alejandro
Ganimian, miembro del Consejo Asesor de Proyecto Educar 2050. A la vez
que agrega, que "si te ponés a comparar todos los factores que inciden
en la brecha, el que más subsiste es el de nivel socio-económico".
Otros
de los hallazgos del mencionado estudio, son que el desempeño del
Noreste ha mejorado entre las tres materias desde el 2009, mientras que
el del Cuyo ha empeorado en matemática; que el porcentaje de alumnos en
los niveles más altos de desempeño en Ciudad de Buenos Aires supera
ampliamente los de todas las otras regiones del país y que la brecha
urbano-rural es más pronunciada en el Cuyo.
"Pese a los esfuerzos
por compensar desigualdades, en muchas provincias los alumnos más pobres
van a escuelas con peor infraestructura y materiales educativos que los
menos pobres en las escuelas públicas. La oferta privada aumenta esas
brechas con el pago de cuotas. También hay brechas importantes en los
aprendizajes, que tienen un fuerte condicionante social", explica Axel
Rivas, investigador principal de Cippec.
En relación a cuáles son
las causas de esta desigualdad, Rivas esboza tres: la falta de
planificación estatal integral para dar mejor oferta a los más
necesitados; el lobby de las propias escuelas para lograr más recursos, y
la generación de recursos por vía de las familias, como las cuotas o
cooperadoras.
Por su parte, Ganimian incluye el aspecto humano
como factor que puede incidir en la desigualdad: "las escuelas
argentinas tienen las cifras más altas de ausentismo estudiantil de
todos los países que participaron en PISA 2012, y de las más altas tasas
de llegadas tarde y mal comportamiento de los estudiantes. También
tenemos las tasas más altas de llegadas tarde y ausentismo de maestros,
según reportes de directores. Estamos debatiendo la nueva escuela
secundaria, los 180 días de clase, si llegamos al 6% del PBI destinado a
educación, pero al final de cuentas gran parte de los alumnos y
maestros no están yendo o llegan tarde a la escuela".
Otro
descubrimiento que sale a la luz con el relevamiento de Educar 2050 es
que la Ciudad de Buenos Aires tiene la brecha más alta por nivel
socioeconómico (los alumnos de nivel socio-económico más alto tienen 3
años más de aprendizaje en matemática que los de nivel socio-económico
más bajo) y entre estudiantes de escuelas públicas y privadas (los
alumnos de las escuelas privadas tienen más de 2 años más de
aprendizaje en matemática que los de las escuelas públicas). Y más allá
del trabajo que hay que hacer para que todos los alumnos del país
lleguen a los niveles mínimos de conocimientos, Ganimian cree que hay
que construir sobre las experiencias exitosas: "Si bien estamos muy
lejos de llegar a los niveles más altos que tiene Shangai, en la ciudad
de Buenos Aires hay chicos que se sacan notas excelentes. Yo me fijaría
en esas escuelas como para identificar buenas prácticas,
independientemente de las ventajas que tienen los alumnos".
¿Qué
se puede hacer desde las políticas públicas para achicar entonces esta
brecha? Rivas y Ganimian sugieren empezar por lo mismo: generar buenas
estadísticas. "Un primer aspecto es tener un censo de nivel
socioeconómico por escuela y de todos los recursos de cada escuela, para
identificar las injusticias existentes. Combinado a este sistema de
medición es clave accionar un dispositivo de justicia distributiva en el
reparto de los recursos educativos", dice Rivas. Mientras Ganimian
agrega la propuesta de que las provincias amplíen su muestra de PISA
para tener sus propios resultados en el 2015.
Por último, Rivas
sostiene que no basta con dar más a los que menos tienen, sino que hay
que potenciar las pedagogías para que los docentes puedan y quieran
enseñar en contextos adversos. "Necesitamos más transparencia y decisión
política para romper las brechas educativas", concluye.
Las alumnas Jacquelin Fernández, Andrea Mayo y Yazmin Villecco de 5° año 2da, TM, comprometidas con los temas sociales de la actualidad
prepararon este video que nos ayuda a prevenir la trata de personas. Un
trabajo del colegio para pensar sobre las cosas que publicamos en las
redes sociales...
Más allá de su relación con el gobierno actual, uno de los logros más espectaculares (y creo que indisputables) es el de haber distribuido en forma gratuita a través del plan Conectar Igualdad casi ¡cinco millones de computadoras!
Habrá que revisar la definición de lo que significa ser alfabeto. Cuando yo era niño (y muy posiblemente cuando usted también), bastaba con saber leer y escribir para que uno estuviera en condiciones de integrarse a la vida laboral y tener acceso a un empleo digno. La historia argentina (y mundial) está plagada de historias de gente que firmaba poniendo el dedo o imprimiendo su huella dactilar. No conozco las cifras de analfabetismo que había 50 o 60 años atrás, pero no parece que hoy sea un problema acuciante en el país. Claro: eso dependerá –una vez más– de lo que decidamos que sea un piso de mínima como para que todo niño tenga las mismas posibilidades que tuve yo (y quizás usted también). El objetivo, obviamente, es analfabetismo cero.
Pero hoy, retomando lo que decía más arriba, no alcanza con saber leer y escribir. Por supuesto que es necesario, pero es claramente insuficiente. Si tuviera que improvisar un conjunto de necesidades mínimas para considerar que una persona es “letrada”, diría que es imprescindible que sepa otro idioma (además del castellano, inglés o chino, para que no quede todo reducido a lo que nos llega del país del norte), pero también, conocimientos sobre cómo programar. Es por eso que no me voy a cansar de proponer que en todas las escuelas públicas primarias y secundarias, así como es obligatorio estudiar matemática, lengua, historia y geografía, saber programar tiene que estar en la misma categoría.
Creo que sé lo que está pensando: ¿y quiénes van a enseñar a programar? Lo sé. Entiendo el problema y desde hace tiempo también que andamos a la búsqueda de soluciones, incluso como la que propuse hace un tiempo sobre la “Educación Horizontal”1.
Flavia quedó embarazada a los 14. Como no se
animaba a contarles a sus papás, la tarea quedó a cargo de su novio. De
inmediato, los preparativos de la fiesta de 15 se suspendieron
para disponer todo lo necesario para la llegada de Thiago Benjamín, que
cumplió 2 años en febrero. El nacimiento fue una revolución familiar que
implicó, entre otras cosas, que Flavia tuviera que abandonar la escuela.
La historia de Flavia es frecuente y excepcional a la vez. Por un lado, ella es una de las casi 120 mil chicas menores de 20 años que cada año dan a luz en la Argentina. En la última década, el número de nacimientos de madres adolescentes aumentó un 12%,
y hoy representa el 16% del total de nacimientos, según datos del Fondo
de Población de Naciones Unidas (UNFPA) analizados en el Anuario 2014
del Observatorio de la Maternidad.
Ayer CIPPEC presentó un estudio referido a los jóvenes de la provincia de Buenos Aires que halló que el 75% de los “ni-ni” son mujeres que realizan tareas domésticas y de cuidado; el 41% de estas mujeres es madre. Además, mientras que en la región aumenta la edad promedio del primer embarazo, en la Argentina disminuye.
El caso de Flavia es inusual porque después de la deserción inicial, ella pudo volver a la escuela y ahora cursa 2° año en la Escuela Secundaria N° 2 de La Plata (ver Vencer al destino...). En contraste, las cifras indican que solo cuatro de cada diez adolescentes embarazadas logran seguir estudiando. Además, más de la mitad de las adolescentes que son madres ya habían abandonado la escuela al momento de quedar embarazadas.
“Si los hijos llegan, se hace más difícil continuar con los estudios,
porque se incrementa la necesidad de trabajar para el mercado o para el
hogar. A la inversa, cuando las mujeres y los hombres acceden y se
mantienen en el ciclo escolar formal, los hijos nacen más tarde”,
describe Carina Lupica, directora del Observatorio de la Maternidad.
Lupica advierte que la relación entre escolaridad y abandono no es
unidireccional: “El sentido del vínculo puede ser el inverso: la deserción puede ser previa y es probable que influya en la reproducción a edades tempranas”.
Mabel
Bianco, presidenta de la Fundación para Estudio e Investigación de la
Mujer (FEIM), agrega: “Las adolescentes madres, aunque quieren,
difícilmente pueden seguir estudiando sin apoyo de la familia y del
Estado. Las ayudas del Estado son pocas y en general se
limitan a darles dinero, como la Asignación Universal por Hijo, pero
esto no les alcanza por ejemplo para pagar una guardería para el niño,
ni a una persona para que lo cuide. La falta de salas maternales y salas de 3, 4 y 5 años para la educación infantil es una de las deudas del Estado con las madres adolescentes y sus familias”.
El mapa del embarazo adolescente se parece bastante al de la pobreza.
En algunas provincias del Noreste los hijos de madres adolescentes
representan más del 20% de los nacimientos, y alcanzan incluso el 25% en
Chaco y Formosa. La maternidad y paternidad en la adolescencia es más
común entre los jóvenes de sectores más pobres y con menor nivel
educativo.
De acuerdo con los últimos datos del UNFPA, el 69% de los embarazos adolescentes son no planificados. Por eso, los expertos coinciden en que la educación sexual
es imprescindible para abordar este tema. Ana Lía Kornblit,
investigadora del Conicet y el Instituto Gino Germani, afirma: “Poder
recibir en la escuela la información necesaria para prácticas de sexo
más seguro, pero sobre todo habilitar vías de comunicación entre los adolescentes y los adultos,
en este caso los docentes, y también con sus pares, es fundamental.
Sobre todo teniendo en cuenta que todavía todo lo que se refiere a la
sexualidad sigue siendo –especialmente en ciertos medios– un tema tabú”.
Terminó el mundial de fútbol, pero mucho más importante que este es
el mundial de la educación. Una vez cada tres años la OECD conduce los
exámenes PISA (Programme for International Student Assessment) en 65
países que abarcan el 90% de la población del planeta. Esta contienda es
la que permite mostrar no sólo cuáles países son los que tienen mejores
sistemas educativos sino también cuáles están mejorando y cuáles
empeoran. Los test miden el pensamiento crítico en matemáticas, la
capacidad de discernimiento en la lectura y el nivel de conocimientos en
ciencias. En los tres casos, los finalistas del mundial serían Coréa y
Japón y el tercer puesto se disputaría entre Holanda, Bélgica y
Alemania, que habría ganado por penales a EE.UU., Inglaterra o Francia.
En el gráfico que acompaña esta nota, elaborado por www.graduateXXI.org
podemos observar que Argentina no pasaría la etapa clasificatoria en
ninguno de los tres niveles. Así quedamos en el puesto 61° sobre el
total de 65 países en lectura; estamos en el puesto 59 en matemáticas y
apenas mejor en ciencias en el puesto 58. Es decir, en todos los casos
estamos en el último 10% del planeta.
El nivel de educación de toda América Latina está en el último
quintil del mundo entre quienes toman el test (faltan datos sobre todo
de África). Y el deterioro del sistema argentino es tan lapidario que ni
siquiera dentro de Latinoamérica Argentina hubiera logrado pasar las
eliminatorias si fuera un torneo equivalente al del mundial de fútbol.
Según los exámenes de PISA, en promedio la Argentina se ubica en el
puesto 59° y en la última década caímos del primer lugar al 6° entre los
ocho países que toman el test en América Latina.
Esto es aún más grave si consideramos que se ha duplicado el gasto en
educación, medido en términos de PIB, en esta última década de
expansión presupuestaria récord.
De este modo, nos vemos obligados a concluir que para mejorar la
educación tenemos que hacer un cambio profundo de sistema. No habrá una
mejora substancial por gastar aún más dinero, ni siquiera por tener más
maestros (hoy tenemos proporcionalmente el doble de maestros que
Australia), y me parece que tampoco tiene relación directa con las horas
de clase.
Si además, comprendemos que el mundo está sufriendo un cambio
vertiginoso en la forma de educar, gracias a las nuevas tecnologías, al
avance de las neurociencias, al hecho que hoy sabemos que hay decenas de
tipos de inteligencias diversas y decenas de maneras de enseñar que
pueden aplicarse con diferentes resultados a los diversos niños.
Entonces, podremos concluir que no podemos volver hacia atrás para
encontrar la solución, y que tampoco existe un modelo óptimo de
educación para todos, sino que debemos tener un sistema que permita
desarrollar diversos modelos educativos que amplíen la oferta para que
sean los padres quienes decidan cuál es la mejor educación para sus
hijos.
Este tipo de sistemas requieren al menos tres reformas fundamentales:
1) Que las decisiones se tomen a nivel de cada escuela, donde
debe existir un gobierno tripartido dirigido por un director/a, los
maestros y los padres de los alumnos. Y que el director recupere la
posibilidad de contratar maestros y despedir sin causa, al menos un 5%
de los maestros por año, de modo de dotarlo de mayor flexibilidad para
mejorar su establecimiento.
2) Que el financiamiento estatal siga al alumno, si el padre
decide cambiarlo de escuela el cheque del Estado pasa al nuevo destino.
3) Que se tomen exámenes censales a todas las escuelas y todos los alumnos.
El nuevo modelo entonces permitirá que los más de 50.000
establecimientos educativos compitan para ver cuál funciona mejor.
Podremos ver no sólo el nivel de cada escuela y cada maestro, sino
cuáles mejoran más rápido. El Estado colaborará con los padres para que
puedan tomar la mejor decisión de a dónde enviar a sus hijos. Las
escuelas que estén en el tercio superior de los exámenes tendrán cada
vez mayor libertad de acción, mientras que el Estado concentrará la
labor de asesoramiento para el mejoramiento educativo en las escuelas
que se encuentren en el tercio inferior de los resultados. A su vez, el
Estado promoverá replicar las mejores prácticas de las mejores escuelas,
por ejemplo, publicando los consejos de las directoras de las 10
escuelas que más hayan mejorado las calificaciones de los alumnos. Es
decir, teniendo en cuenta la mejoría y no sólo el nivel.
Ha llegado la hora de debatir el mejor sistema educativo para la
Argentina, evitando todos los comentarios nihilistas que repiten
conceptos como “eso parece interesante y funciona en muchas partes pero
en Argentina no se puede”. Se puede y debemos hacer el cambio.
Urge cambiar de modelo porque las generaciones que empiezan hoy su
educación, entrarán al mercado laboral en el 2034, y para ese entonces,
la industria estará expulsando empleo humano, reemplazado por los
robots, mientras que se multiplicarán los empleos en los servicios, en
la industria del entretenimiento, el turismo, las artes, donde se
requerirán personas que hayan desarrollado diversas capacidades como su
creatividad, imaginación, inventiva, su dominio de diferentes lenguas,
en especial el inglés, la inteligencia emocional, y espiritual, entre
otras.